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ISSN 1989-4163

NUMERO 107 - NOVIEMBRE 2019

 

Mi Amigo Arnold

Rosa María Ortega

   Pues vamos a ver cómo es la cosa:

   Que tengo un amigo muy mono, Arnold, que sin haber gobernado California ni sido otrora Conan-Terminator, pero sí más guapo (guapo a rabiar de envidia corpórea), se pasa por la hemoglobina lo del ayuno analítico. Que dice él que cuando va a que le pinchen la vena del intercodo, se toma su café, con o sin leche, y se fuma su cigarrete antes, y le suda la bragadura si eso altera el hemograma, la bioquímica, los neutrófilos o la fosfatasa alcalina del liquidillo rojo que corre por su cuerpo serrano. Que cómo va a estar sin desayunar a las ocho. Que dónde se ha visto eso. Y te lo cuenta fresco como el rocío de la mañana, requeteconvencido en las entrañas y los higadillos de que el orden del factor no altera el producto.

   El médico está ya acostumbrado a las gestas gloriosas de Arnold, y no le va de una más, que le ha tocado ya todos los resortes del entendimiento. Así es que se resigna cual pececillo que habita el ancho mar y tiene a Bob Esponja diciéndole: “Yo no floto, ¿qué pasa?” “¡Pero tú eres una esponja!” “¿Y qué? Yo te digo que no floto, y no floto. Yo vivo bajo el mar. Y te callas.” Y es lo que hace el médico, callarse. Porque es verdad, a fin de cuentas Bob se salta el principio de su esencia flotante de esponja y el tío vive radiantemente en el fondo como animal invertebrado acuático. Y no le rechistes.

   La otra tarde en la consulta había una becaria en prácticas, y al llegar Arnold, le dice el doctor: “Mira, este tío tiene un montón de cosas y no tiene nada arreglao.” Y Arnold va y le suelta: “Yo estoy como un toro, y tú a tu bata y punto. Y si no, te vas al Mercadona, que cada semana están creando empleo.” En esas, la becaria ya no sabe qué pensar, ni de Arnold ni del doctor. Aunque, en realidad, ambos, paciente y facultativo, se llevan de fábula, y se entienden, cada cual en su proceder. Hace tantos años que se conocen, que han forjado unos lazos de cariñetes muy tiernos y dulces, desde allá por la primera vez que Arnold visitó a su médico y le dijo: “Si me caes bien, vuelvo.” Y volvió. Cuando quiere volver, claro. Lo de tener una cita el 7 de marzo, un poner, si le pilla en Somosierra y la consulta está en Cantavieja, no va, ya te lo digo. Irá otro día que le pille por la zona, si eso. O si le cae de visitar la Virgen de Loreto, y si le sale de la envoltura testicular. Pero si está a tomar por culo, ya te digo yo que no se persona en la consulta ni en sus mejores sueños.

   Ahora, además, Arnold ha encontrado un remedio natural a su insomnio, así es que esa fisura ya no la tiene que consultar con el médico y el arsenal de hipnóticos ineficaces “am”  que tiene en su receta (temazepam, estazolam, triazolam...). La otra noche, por ejemplo, se quedó frito en aceite de oliva virgen extra en el sofá, viendo en la tele revueltas en las calles. Cuando despertó, a la mañana siguiente, se dio cuenta de lo genuino de la noche: toda la vida de Dios y Brian tomando pildorillas de sueño apócrifas e inoperantes para dormir, y resulta que se cura con el guirigay de la tele. Bueno, con eso y con la disminución de ingesta de coca cola.

   Le pregunto: “Arnold, ¿cuánta coca cola bebes al día?” Y dice: “Litro y medio o dos. Pero la estoy dejando. Esta mañana he desayunado un bocadillo, un café y una lata. Ha sido un regalo de la vida.”

   A veces ocurre que las pruebas médicas prescriben, y entonces hay que volver a hacerlas para recobrar actualidad. Eso le pasó a Arnold con una prueba preoperatoria, y como en aquellas andaba por Albarreal de Tajo, no le venía bien acercarse a la intervención, y la dejó para otro día, 10 meses después. Pero entonces, la prueba ya no valía, y Arnold le dijo al doctor: “A ver, hermoso mío, ¿tú no puedes hacer la vista gorda fraudulenta y dar por buena la del año pasado? ¡Y nos ahorramos hacerla otra vez, tonto! ¿Qué me dices? ¿Negociamos?”
Al final, el propio doctor está subyugado por la argumentación pasmosa y tronchante de Arnold, aunque no sucumbe a la transacción tramposa, por lo del código deontológico ese del colectivo sanitario. Pero en el fondo y en la superficie del asunto, ambos se caen bien uno al otro y se toleran las peculiaridades mutuas de cada cual.

   En otro orden de cosas, he notado yo estos días que ha empezado el frío otoñal porque no hay loro guacamayo en la comunidad. Me he pasado el verano con la cacatúa de un vecino en un balcón muy salada, que a las ocho de la mañana (cuando las analíticas) piropeaba al patio. Y eso da fulgor a los días y talante cantor. Pero se conoce que al loro lo han entrado ya pa’ dentro, no se le enfríen las plumas y el halago para el verano que viene. En su lugar, ha tomado el relevo un vecino trompetero que los jueves tarde, de seis a ocho, da rienda suelta a la corneta, te guste o no la sesión. Súmale que las chinas (tardaba ya en hablar de chinos) se han paseado este estío por las playas de Qingdao, en Shandong, embutidas en unos trajes de baño imposibles que les cubren de pies a cabeza rollo Spiderman. Vamos, que no verás una medusa acercarse a una oriental ni blanco nuclear semejante bajo el bañador de marras. No están de psiquiatras los chinos, vamos que no... Bueno, tú, que me voy. Voy a hacer croquetas, ¿qué te parece?

   Pues no te lo he dicho, pero Arnold te hace unas croquetas con la carne del cocido más apañás que nada. Eso sí lo tiene, que lo metes en la cocina, y oye, mientras no te sirva una copita muestra de su analítica, pues te hace unos platos ricos, la verdad te digo...

 

 


 

 

Mi amigo Arnold 

 

 

 
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